Son parte nuestra y no los olvidaremos.
En las tragedias más crueles y que más se han ensañado a lo largo de la historia, parece que hay una inteligencia que gobierna el accidente o desastre, buscando hacer el mayor daño posible, porque no parecen fruto del azar tales desastres. Es inexplicable que hayan sucedido tales desgracias. En el caso del incendio del edificio de 14 plantas del barrio valenciano de Campanar, el pasado 22 de febrero, parece que las llamas crecieron para cumplir una misión escrita, dirigiéndose de la manera más virulenta contra la volátil estructura de poliuretano, pero sobre todo contra los 10 fallecidos. Ante tanto dolor por la pérdidas humanas, por un inesperado incidente que parece que hubo en el mecanismo eléctrico del toldo, no cabe otra postura que sentir una gran pena por la pérdida. ¿Cómo es posible tal cúmulo de despropósitos que han llevado a tan magno arrase de un edificio? ¿Qué ha pasado para que esto haya sido así? No hay respuesta lógica, pero si hay respuesta humana. Un sentimiento de comprensión y empatía máxima por lo sucedido. La pérdida es para todos, aunque no les conozcamos, porque nuestra humanidad nos hace cercanas a estas personas y nos hacen sentir en gran medida el dolor de sus familiares y amigos. Son parte nuestra y no los olvidaremos.


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